Especial: Indio Solari en Olavarría

Malestares y prejuicios (según pasan los años)

A partir de las preocupaciones de un sector de vecinos de Olavarría por el recital del Indio Solari, cuáles son las miradas, proyecciones y temores que surgen en torno a la masividad de “las misas”.

 

Por Jonatan Salazar y Francisco Delfino

En 1997 Olavarría pasaba a capitalizar una nueva categoría en los imaginarios sociales. Además de ser “la ciudad del cemento” o “la capital del Turismo Carretera” también empezó a ser conocida como “la ciudad que prohibió un recital de Los Redondos”. En términos concretos, no fue Olavarría sino parte de una comunidad en estado de paranoia y algunos sectores con influencia y llegada al poder político del intendente Helios Eseverri. Todo ello presionó y se complementó con el Informe de Inteligencia de la Policía Federal de Azul. Finalmente, el decreto municipal Nº 589 determinó la prohibición del recital. Lo que siguió después fue conocido: la histórica conferencia brindada por la banda por primera vez en su historia.

Si bien los más de veinte minutos que duró la conferencia le bastaron para dejar en claro sus ideas desde una prolija exposición conceptual, hubo una mención de Solari que resultó clave para entender el trasfondo de ciertos imaginarios acerca del público. “No nos prohibieron a nosotros, los prohibieron a ellos” argumentaba el cantante, haciendo hincapié en lo que representaban “ellos” para algunos sectores de la sociedad. Para Solari, eran chicos que “no estaban en estado de inocencia” y que sólo venían a disfrutar de una fiesta. Mientras, los redactores del Informe de Inteligencia enfatizaban: “Para ser parte del público no es necesario ser algo especial. Pueden ser melenudos o pelados, rubios o negros, de Capital, San Isidro, Mataderos o La Plata”. Según el mismo Informe, otro rasgo característico era “creer que se puede vivir de manera distinta a la que vende la televisión”.

Que veinte años no es nada

Dos décadas después, será el Indio Solari quien se presente en Olavarría. “Su leyenda creció con el paso del tiempo y se agigantó hasta este tamaño prácticamente inabarcable en términos matemáticos y obviamente sociales”, puntualiza Guillermo Pintos, licenciado en Comunicación Social de la FACSO y periodista en Rolling Stone y Silencio. El tiempo pasó y surgen nuevamente diversas inquietudes y reclamos por parte de algunos vecinos olavarrienses ante no sólo la llegada de aproximadamente 150.000 personas sino por cuestiones vinculadas a la seguridad, los usos de los espacios públicos o el cuidado del medioambiente. Así lo expresaron vecinos de Los Robles y San Vicente, aledaños al predio La Colmena, lugar elegido para el recital.

Pero dichas preocupaciones, que parecen crecer a medida que se acerca la fecha del recital, tienen bases en un fuerte imaginario que reactualiza y establece ciertas asociaciones referidas a las prácticas de consumo cultural de, especialmente, las juventudes. “Si nos referenciamos por la carta que redactaron los vecinos, se articulan una serie de construcciones estereotípicas y de prejuicios negativos y negativizantes”, analiza Mayra Salazar, becaria doctoral de CONICET e investigadora sobre políticas de infancia y juventud. “Esas construcciones activan unas representaciones muy poderosas sobre un sector que practica un tipo particular de consumo. Relativizaría la suposición de que sea un miedo ‘típico de pueblo’ para preguntarme si es un temor que surge de la posibilidad de eventuales conflictos lógicos al duplicar la ciudad su cantidad de habitantes y que hace uso de ese discurso y esa imagen disponible del consumidor de rock como un ser vicioso o descontrolado para legitimarse y definir a su vez actores legítimos e ilegítimos en el uso del espacio público”, reflexiona.

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La masividad y los tiempos

En el contexto sociopolítico de los 90, cuando fue prohibido el recital de Redondos, el país se encontraba al borde de uno de los estallidos más transversales de su historia, luego de años de derrumbamiento de las estructuras y la vulneración de derechos. La identificación simbólica adquiere muchos matices pero la música es uno de los caminos más convocantes a la hora de adscribir a un modo y una forma de representarse y ver el mundo. “En los 90 con la fragmentación social, el desempleo de los jóvenes y sus padres, el retiro de las protecciones estatales y las políticas represivas de mano dura y control social para la ‘prevención’ del delito, el rock toma esos temas en sus composiciones y genera relaciones particulares con sus seguidores. En ese contexto, la atribución de sospecha y necesidad de control con que juventud y rock nacieron, se actualiza en la figura del joven consumidor de rock”, explica Salazar.

La distinción que puede hacerse, veinte años después, pasa por la heterogeneidad del público que actualmente sigue a Solari. Su música atraviesa todas las clases sociales y es escuchada por diferentes generaciones. En base a ello, existen dos ejes para pensar las convocatorias: el precio único de las entradas y el punto equidistante que elige con frecuencia para realizar sus shows. “La masificación de los Redondos ocurrió en épocas de crisis social. Cuando el Indio comienza su carrera solista y se largó con estos shows en varias ciudades del interior, las circunstancias político-sociales de la Argentina habían cambiado. Fueron años de ‘optimismo’ kirchnerista, de un Indio oficialista a su manera. Además de la leyenda creciente para una nueva generación que no había visto a los Redondos, había dinero fresco para gastar, irse de viaje con amigos, copar la ciudad, vivir la  fiesta y poguear con Ji ji ji”, analiza Pintos.

Rock fuerte (pero no en mi ciudad)

Las razones para comprender la fuerza con que se activan las clasificaciones estigmatizantes toman varios caminos. “El temor es por razones concretas. Para una población mayormente conservadora es lógico que se despierten fantasmas. Sencillamente porque el olavarriense-promedio elige siempre ‘nada de quilombo’”, enfatiza Guillermo Pintos. Por su parte, Salazar analiza las conclusiones que se elaboran en clave de prejuicios. “Como todo prejuicio (además de sentar las bases para una forma de discriminación social) simplifica: todos los pibes y las pibas que escuchan ‘rock chabón’ son vagos y se drogan. A partir del consumo se infiere una supuesta configuración moral y una serie de características inmorales como si la identidad, experiencia social y la vida cotidiana de ese sujeto se agotaran en la práctica del consumo musical”, reflexiona.

Quizás esta actualización de los prejuicios encuentra un respaldo en la legitimación de otros discursos. Las demandas en torno a la seguridad o la ocupación del espacio público pueden leerse desde otros lugares y no sólo desde la asociación rock-joven espectador. El problema, en el fondo, nunca son “esos pibes” sino que es más profundo, y radica en el conjunto de variables que hunde sus raíces en estructura sociales de posiciones y posibilidades desiguales. El desafío está en reflexionar sobre la forma de vincularnos con la alteridad, con ese otro que, en este caso, viene a Olavarría a presenciar un recital./ AC-FACSO