Monte Pelloni II


¿Qué es la justicia?

El pasado jueves 5 de septiembre se conoció la sentencia del Juicio   Monte Pelloni 2 en la ciudad de Mar del Plata. Hubo cinco perpetuas, ocho condenas entre 9 y 22 años y diez absoluciones. Recuerdos de una jornada con sensaciones ambiguas, luego de un proceso de más de dos años y una historia que empezó en 1976.

Leandro Lora - Agencia Comunica

 

El Juicio Monte Pelloni 2 llegó a su fin. Luego de un proceso que llevó dos años y tres semanas, el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata dictó una sentencia que pareció sorprender al comienzo de su alocución, y terminó con un fallo más cerca de lo esperado, respondiendo más a su estilo y costumbre. Nadie, salvo este cronista, imaginaba una sentencia ejemplar. Tal vez estaba más invadido por la esperanza y la ilusión que despierta aquello que no se conoce hasta que finalmente ocurre, que por las obvias muestras del devenir de un proceso complejo. De todos modos, y siendo honestos y criteriosos, Monte Pelloni 2 dejó 13 condenados y 10 absueltos, pero de estos últimos, sólo 5 obtuvieron su inmediata libertad. El resto aún permanecerá detenido, dado que persisten otras causas que los involucran. Por otra parte, hay que tener en cuenta que el final de Monte Pelloni 2 aún está abierto, dado que el Tribunal recién dará a conocer las razones de su sentencia el próximo 1 de noviembre. A partir de allí se iniciará una etapa de apelaciones en las que las partes intentarán que se revean los fallos que no fueron de su agrado. Ahora bien, hagamos un ejercicio y sumemos, a las sentencias obtenidas, un poco más de análisis. Intentemos responder ¿Qué es la justicia?
Para empezar, hay que aclarar que en esta pregunta se encuentran miles de respuestas, podríamos decir que existen tantas de ellas, como personas conocemos. Poniendo un poco de antropología en el medio, podríamos decir que nada es lo que uno cree, sino lo que otros creen de eso y, en este caso específicamente, no es este cronista quien debe juzgar qué es justicia y que no. Sin embargo, vamos a dar vuelta todo, vamos a contar lo que no se contó hasta ahora, y tal vez, solo tal vez, ampliar el prisma con el que se miran los hechos. Recuerde que hablo de ampliar, y no de modificar.
¿Hay aquí un dejo de justicia? Veremos…

 

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- “Mañana te pasamos a buscar a las cinco menos diez. Estate listo”.
No es necesario aclarar que ese mensaje hablaba de la madrugada, ni tampoco que pertenece a la temporada invernal que aún nos invade. Sí vale aclarar que es el mensaje que recibió este cronista la noche anterior al día de la sentencia. No era una agradable noticia, pero era así, este juicio fue vivido a pulmón. Mensajes como ese se recibieron decenas de veces por la única razón que, para asistir a las audiencias en Mar del Plata, había que viajar. Cada audiencia programada para las 9hs, requería salir de Olavarría apenas pasadas las 5 de la mañana. Un retraso significaba llegar tarde.
Este cronista, al principio de todo el juicio, allá por el 2017, tuvo oportunidad de viajar en colectivo, hay una sola empresa que viaja y su servicio es todo lo contrario a su nombre (no vamos a dar más detalles, todos y todas la conocen). En las primeras audiencias los testigos no podían ingresar a la sala, y esto es porque quien brinda testimonio no puede escuchar lo que han dicho otros anteriormente. Además, las jornadas eran los días jueves y viernes y esto, sumado a la distancia y los días laborales, impedían que haya facilidades para viajar. Cuando los testigos y otras personas pudieron organizar esto, comenzamos a viajar en auto. Pero nada es gratis en la vida, y hubo que pagar la nafta, los peajes, el estacionamiento, la comida, el hospedaje. Básicamente todo y multiplicado por cada vez que había audiencia. Acá vale resaltar que colaboraron varias instituciones para que los costos sean menores, una de ellas, nobleza obliga, fue la Facultad de Ciencias Sociales. Lógicamente viajaba el cronista y colaboraba con quienes querían asistir a la audiencia. Solidaridad compartida ¿Hay aquí un dejo de justicia? Veremos…

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Tal vez algún surfista de las redes sociales debe haber advertido que, en cada día de audiencia, se publicaba una foto comiendo un humilde sanguche al aire libre ¿Por qué no ir a un restaurante? Pues porque cuesta plata. Si todo cuesta, que cueste lo menos posible. Y así se instaló. No hubo un solo día de audiencia que no se almorzara un sanguche en la “Plazoleta Roque Di Caprio”, esa que queda exactamente a la vuelta del Tribunal Oral Federal. Tal vez tampoco fue advertido que en ese “ritual”, como lo terminamos llamando dada su reiteración ininterrumpida, se sumaron muchas veces los abogados de la APDH. Y es que no había plata para restaurante, pero tampoco para sueldos de letrados, así que la Plazoleta fue escenario de un variopinto jurídico interesante. Prensa, público, abogados, testigos…
Cada viaje mostraba una postal similar, y la vez diferente. Una charla con mate de por medio, que pululaba entre la coyuntura política, el juicio, y el repaso de varios argumentos jurídicos que iban y venían entre las rutas serranas que separan a Olavarría de la ciudad balnearia. ¿Hay aquí algún dejo de justicia? Veremos…

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Durante dos años y tres semanas este cronista pensaba, tal vez de manera innecesaria, si no podría ocurrir algún accidente entre tanta ida y venida. Se viajaba muy temprano, con lluvia, con neblina, con sol saliente, o con ese sol que al caer te quiere cerrar los ojos. Se viajaba despierto y se volvía cansado; se viajaba de día y se volvía de noche. Nunca pasó nada, grandes pilotos y copilotos. Lo que sí hubo fue algún que otro choque, pero fue menor, nada que involucre a terceros. Y no pregunten más, es un secreto.
Durante el 2017 fueron varios los medios que cubrían el juicio, algunos hasta enviaron cronistas, pero lógico, si había dificultades para las partes más interesadas, los costos de una cobertura completa para los medios tradicionales, era imposibles. Nuevamente, nobleza obliga, el reconocimiento a la decisión de la Facultad de Ciencias Sociales de sostener la cobertura hasta el último día. No fue fácil, sépanlo, pero acá estamos, publicando la última nota. Esta mención es para recordar que al principio se lamentó mucho más la distancia. Era difícil viajar, era difícil asistir, era difícil informarse. Pero la tecnología ayudó. En un momento el Facebook de Radio Universidad pudo comenzar a transmitir, en vivo, los alegatos de las partes. Allí, quienes no podían estar en el Tribunal, pudieron seguir el proceso desde sus casas. Un enlace, un vínculo, una llegada. Allí están los videos para verlos aún, también los comentarios, los descargos, las broncas escritas como testimonio también de una premonición no del todo satisfactoria. ¿Hay aquí algún dejo de justicia? Ya veremos…

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Como ya dijimos, el traslado de olavarrienses hasta Mar del Plata fue complicado, no solo por las dificultades antes mencionadas, tengamos en cuenta que muchas veces las audiencias se suspendían y no había sánguche o gaseosa que permitiera pasar el trago amargo. En esas condiciones, era difícil organizar un viaje sin la seguridad de que el esfuerzo iba a valer la pena. En ese contexto, cumplieron su parte los locales, o las locales, o las locas (les). Me permito este dejo de simpatía para con esas mujeres marplatenses que, por solidaridad con la causa, asistieron prácticamente a todas las audiencias. Al principio con timidez, desconfianza, también con algo de desconocimiento, pero allí estaban. Abrazaban, felicitaban, se quejaban en conjunto, acompañaban. En alguna oportunidad ofrecieron sus hogares y hasta aventaron a este cronista hasta la terminal, porque podía perder el colectivo de regreso. Con ellas, el pasado jueves 5, se fundió un eterno abrazo de agradecimiento y despedida. Una mezcla de melancolía por el adiós. Fueron dos años y tres semanas. Allí también está “fotito”, como le dicen algunos cariñosamente. El eterno fotógrafo que no dudó en colaborar con imágenes y palabras cada vez que se lo necesitó. Otro capítulo es para las trabajadoras judiciales, atentas no solo al saludo, sino a la recepción, a la colaboración, al trato de confianza que brindaron. Era difícil sentirse ajeno ante su presencia. Ellas estaban ahí, trabajando, acompañando. Insisto ¿Hay aquí un dejo de justicia? Veremos…
La sentencia
Volviendo, ahora sí, al jueves 5 de septiembre, recordemos que fue un viaje multitudinario. Algunos salimos a las 5 de la mañana, otros a las 8. Había un objetivo, llegar a la sentencia. Todos los viajantes repasaron sensaciones, algunos con más expectativas que otros. En el auto que viajaba este cronista no se auguraban buenas nuevas. En las combis que salieron luego de Olavarría y Tandil, similar, aunque con diferentes momentos. A fin de cuentas, era un viaje colectivo y ello conlleva que el pesar es compartido, y la alegría también.
La audiencia del jueves 5 comenzó a las 9:40hs de la mañana, allí se preveían las últimas palabras del ex comisario de Olavarría Argentino Alberto Balquinta y de José Clemente Forastiero, ex integrante también de la policía bonaerense. El primero, que había quedado excluido del juicio hacía apenas una semana atrás, por decisión de la Cámara de apelaciones y el recurso interpuesto por la fiscalía y la APDH, estaba sentado nuevamente en el banquillo, teniendo que escuchar su sentencia. Vaya paradoja, el Tribunal que lo había dejado libre días antes, gracias a la apelación recibió cadena perpetua ¿Hubiese sido un vergonzoso acto de injusticia? Claro que sí. Lo cierto es que Balquinta no dijo nada en sus últimas palabras. Estuvo presente a través de una videoconferencia desde la Facultad de Ingeniería de Olavarría, y allí no respondió a ninguna de las preguntas que le realizaron. Se mostró completamente ido. Como si no interpretara lo que le consultaban. Por su parte, Forastiero estaba presente en la sala de audiencias, el único en ese momento, y tampoco hizo declaraciones. Sólo dijo que no tenía nada que ver en lo que se lo había acusado y cerró con un “gracias por todo”. Apenas pasadas las 10hs, la audiencia culminó, y se llamó a un cuarto intermedio hasta las 15hs, hora prevista para la lectura de la sentencia.

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Las horas que siguieron fueron aumentando la ansiedad, pero también la cantidad de gente que se acercó. Apenas pasado el mediodía comenzaron a llegar familiares, amigos, conocidos, interesados en escuchar la sentencia, pero sobre todo en acompañar. Allí estaban personas que llevan en su espalda y sus memorias, el peso de dolorosas experiencias. Allí estaban personas que, entradas en años, conservan la entereza que la dictadura les quiso arrebatar. Hombres y mujeres que no sobrellevaron dos años y tres semanas de juicio, sino 43 años de historia. Desde aquel 24 de marzo de 1976 pasaron por la noticia del golpe militar; el secuestro de sus seres queridos o de ellos mismos; la angustia de no saber dónde estaban, ni ellos, ni sus pares; la tristeza de la muerte cercana, el miedo a la reacción. Luego vino el entusiasmo de la incipiente democracia, la decepción ante la impunidad, la insistencia de justicia, la sorprendente recuperación de los juicios, la alegría de Monte Pelloni 1, y la incertidumbre de Monte Pelloni 2. Allí estaban, estoicos, con la frente en alto. 
Ese medio día se repitió el “ritual”. Se compraron más panes que de costumbre, y se comieron los últimos sanguches en la “Plazoleta Roque Di Caprio”. Hacía frío, no el frío que se anticipaba, pero frío al fin. Había ansiedad. Se temía no llegar a tiempo para ingresar a la sala de audiencias. “No sé si vamos a entrar todos” decían algunos. Es verdad, no entraron todos, pero sí todos escucharon. Para las 15hs, las puertas de la sala de audiencias quedaron abiertas de par en par, la gente que no se pudo sentar estuvo de pie escuchando desde afuera, otros estuvieron sentados en el piso, pero estaban todos. De aquel 17 de agosto de 2017, a este 5 de septiembre de 2019, la gente se multiplicó por diez o más ¿Hay aquí un dejo de justicia? Veremos…
La sentencia se fue escuchando uno a uno. Quedaron impunes varios crímenes, y otros fueron condenados con todo el rigor de la ley. Hubo silencio absoluto en la sala, algún que otro silbido sobre el final, pero nada irrespetuoso. Mucho respeto para ser que se esperaban condenas suficientes. El sabor final fue ambiguo. El Tribunal comenzó declarando cadenas perpetuas y terminó con las absoluciones. Algunas no cayeron bien, otras eran esperables. Al finalizar se cantó, al principio tímidamente y luego como un colchón que contenía las broncas acumuladas. “A donde vayan los iremos a buscar” sonó y sonó.
Este cronista desconoce el origen del cántico “Como a los nazis, les va a pasar, a dónde vayan los iremos a buscar”, pero hay cosas muy ciertas allí, y otras mejores. ¿Puede alguien dudar del “a donde vayan los iremos a buscar”? Han pasado 43 años desde los hechos sucedidos y aquí estamos, publicando la crónica sobre una sentencia por los crímenes cometidos. Sin embargo, con la parte de los Nazis, me permito una diferencia, para mejor. Y es que en Argentina a los represores los juzga un Tribunal argentino y hemos hecho (y estamos haciendo) algo que no existe en ningún país del mundo. Somos hacedores de nuestra propia justicia y eso es ejemplo global.

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En definitiva, responder ¿Qué es la justicia? es complicado. Sin duda lo es una condena, pero eso solo sería una parte. Hay aquí un proceso largo de lucha y ejemplo, de compartir solidario, de modelo mundial. Hay canto, hay bronca y alegría compartida. Basta ver que finalmente no hay soledad en lo que se encara, que la gente se brinda, se abraza y aprende. Que hay miles de jóvenes que escuchan a diario lo que ha dejado nuestra historia y está construyendo. Que hay hombres y mujeres que insisten y no han bajado los brazos. Que persisten con bastones, a pesar del frio y la distancia, a pesar de las inclemencias económicas e informativas. Que hay condenas jurídicas y absoluciones también. Que hay democracia.
La absoluciones y perpetuas pueden estar en la letra, pero necesitan de la memoria para consolidarse, y esta última compañeros y compañeras, ha hecho justicia. Los hay quienes callan y los hay quienes hablan. Estos últimos son los que ganan y ustedes han ganado. Leí por allí que alguien que brindó su testimonio dijo “por lo menos les puse nombre y apellido” ¿No hay entonces allí un dejo de justicia? No lo va a decir este cronista, pero tengan la plena seguridad que nada, nada de esto, ha sido en vano. (Agencia Comunica - Facso)
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