Antropología Rural

Hugo Ratier: “La antropología puede aportar mucho a la política”

En el marco de la charla “Trabajo de campo en el campo: experiencias de Antropología Rural en Olavarría”, Ratier destacó el trabajo en equipo, la importancia de las estrategias empleadas en los vínculos con la comunidad y la relevancia política de la labor antropológica.

 

Hugo Ratier es profesor emérito de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) y fundador y coordinador del Núcleo Argentino de Antropología Rural (NADAR). En 1988 ganó el concurso para organizar, en Olavarría, la Facultad dependiente de la UNICEN, tarea que emprendió en el área antropológica junto con Gustavo Politis y Roberto Ringuelet. De esta manera, participó en la puesta en marcha de la Facultad de Ciencias Sociales (FACSO) desempeñándose durante años, además, como docente e investigador. Antes de brindar la charla “Trabajo de campo en el campo: experiencias de Antropología Rural en Olavarría” organizada por el Núcleo Regional de Estudios Socioculturales (NURES) y la Maestría en Antropología Social de la FACSO, Ratier destacó el trabajo de campo en equipo, la relevancia del vinculo con la comunidad rural y los avances en el trabajo antropológico.

¿Cuáles son las diferencias entre el trabajo de campo convencional con el desempeñado en el ámbito rural?
Originalmente el trabajo de campo en antropología se daba en áreas rurales. Por ejemplo, en una época no se podía hacer antropología en ciudades. En su nacimiento la antropología se refería a zonas campesinas. Recién entró en el ámbito urbano en los años 50 y 60. A diferencia de la sociología que nació en las ciudades y lo exótico es hacer “sociología rural”; para nosotros lo exótico es hacer “antropología urbana”. Como equipo, tenemos una experiencia amplia en Olavarría respecto al trabajo de campo en áreas rurales. Yo tuve alrededor de 25 alumnos haciendo trabajo de campo conmigo, tanto de las universidades de Buenos Aires como de la UNICEN. Incluso fueron parte muchos chicos del campo, para quienes era difícil hacer del campo algo distante. Sin embargo sirvió para repensar algo que era familiar para ellos y analizar ese mismo lugar desde otros parámetros.

Trabajar en el área o zonas rurales es diferente a trabajar en una ciudad. A mí me paso en Olavarría: yo venía, daba clases, tomaba el colectivo, volvía a Buenos Aires. Así repetitivamente. Hasta que un día se me ocurrió salir a hacer una recorrida por los pueblos de los alrededores de la ciudad y encontré una realidad distinta. Eran lugares a los que no se podía llegar cuando llovía, en plena provincia de Buenos Aires, en plena pampa húmeda… Como en Espigas, que tiene 14 kilómetros de tierra y cuando llueve no pueden pasar. Eran unos núcleos distintos con una forma de vivir diferentes, para mí fue una sorpresa porque de Buenos Aires a Olavarría y a la vuelta nunca había visto eso. Existe otra forma de sentir, otra forma de organizarse, hay enorme cantidad de asociaciones en los pueblos rurales, hay cosas misteriosas como las fiestas en los campos que hace que una población de 20 habitantes de repente tenga 400. Se hace una fiesta y en primer lugar vuelven los que se fueron, los que emigraron, se reconstruye la comunidad. También existe una puesta en valor de lo gauchesco: los desfiles, las jineteadas, cosas fuertísimas en el campo. Es una forma de vida diferente que fue lo que nosotros tratamos de explorar en un período que va del 96 hasta un par de años atrás. Estuvimos siguiendo el trabajo en poblaciones con buenos resultados, aprendimos muchas cosas y establecimos buenos vínculos.

Cuando uno hace una investigación normalmente lo que publica son los resultados: qué es lo que paso, qué es tal lugar, familias, economía, religión, etc. Sin embargo es bueno pensar el plano de los investigadores, de los grupos de estudiantes que trabajaron en experiencias de campo. En nuestro equipo fueron alrededor de 25, de los cuales para muchos era la primera experiencia de trabajo. La mayoría se asombraba de las cosas que iban descubriendo, teniendo en general buenas relaciones entre sí y aguantando los avatares del trabajo de campo que suele ser precario: pasamos grandes heladas porque en general trabajábamos en invierno, llegando a alojarnos en escuelas para aprovechar el receso invernal; aguantamos el clima, la falta de agua, la falta de medios. Y así se va formando un espíritu de equipo en la gente que trabaja en el campo. Hay relaciones buenas y no tanto en los investigadores pero en general se llevan muy bien, se descubren cosas sobre todo frente a los estudiados, la gente del campo, con algunos de los cuales llegamos a ser grandes amigos.

¿Cuáles son las estrategias a la hora de llevar adelante la investigación antropológica? ¿Cuánto se aprende o recupera en el ejercicio del trabajo?
Hay todo un entrecruzamiento entre los investigadores y los investigados, un aprendizaje enorme. Cuesta adaptarse, incluso de acuerdo a lo que es la carrera de cada uno de los investigadores. Tuvimos un par de estancieras en el grupo que tenían una visión desde su posición de patrones de estancia. Mientras que también había chicas del campo que tenían una gran experiencia en tareas rurales, lo cual les sirvió y supieron aprovechar. También existió el caso de un estudiante de la UBA que no conocía el campo, nunca había visto un horizonte abierto. Hay toda una adaptación, un esfuerzo por superar la posición etnocéntrica y ponerse a la altura de la gente. Por ejemplo empleamos como estrategia el juego de truco, que resulta vital en ese contexto. A nosotros nos dio vuelta situaciones, nos hizo cambiar frente a la gente de un pueblo que nos empezó a respetar una vez que le ganamos un partido.

¿Es una ventaja no pertenecer al lugar al cual se va a investigar? ¿O las dificultades son iguales para las personas del campo y la ciudad?
Son iguales pero de diferentes categorías. A las chicas del campo les cuesta separar lo que fue su cotidianeidad tanto tiempo y la gente de la ciudad tiene asombro ante diferentes situaciones. El desafío es ir jugando con todo eso. Nosotros, por ejemplo, al final del día hacíamos reuniones, leíamos las notas de cada uno y realizábamos observaciones de lo “descubierto”. Ahí se producía el cruce entre las miradas, hecho que enriquecía lo que iba surgiendo.

¿Cuál es la riqueza de compartir el trabajo antropológico?
Compartir y recuperar las miradas aporta mucho. Yo me plantee no trabajar más solo. Para mí es muy superior lo compartido, aun teniendo diferencias en la información. La pluralidad es lo que otorga riqueza en el diálogo.

Desde tus inicios en la investigación antropológica hasta hoy, ¿En qué se ha avanzado y qué resta por discutir?
Cuando nosotros estudiábamos en la Facultad no existía la Antropología Social, negada incluso por las carreras de Antropología. Muchos la entendían como una antropología aplicada, como algo que se puede utilizar. Creo que se ha avanzado mucho en la temática, existen cosas como la antropología de las emociones, la antropología del turismo, se ha ampliado el campo de análisis de la Antropología Social. Pero falta bastante para poder desarrollarla, no se conoce demasiado el alcance y eso nos pasa en el diálogo con la gente de campo: ¿Qué son los antropólogos?

¿Cuánto se puede articular la discusión política con el ejercicio de la antropología?
La vinculación con la política existe y es importante. Aunque trae una serie de problemas metodológicos también: hasta qué punto se trabaja desde un punto de vista político o hasta qué punto de vista se trabaja desde lo científico. Creo que la antropología puede aportar mucho a la política, con ciertas concepciones que uno puede recoger. Personalmente cuando nos echaron de la Universidad, una en el 66 y otra en el 76, empecé a trabajar en política, a militar en barrios. Y es notable la diferencia. La política es una forma indispensable de conocimiento. Nada puede moverse sin política en este momento.

¿Cuál es el objetivo de la antropología como carrera valiéndose de la política?
Tengo un ejemplo. Yo escribí muchas cosas pero hay dos libros, “Villeros y villas miserias” y “El cabecita negra”, que fueron los más importantes, por los que más me recuerdan. Esos libros tienen más de 40 años. Y los escribí en un contexto de acercamiento al barrio a través de la militancia donde utilice elementos de textos antropológicos de trabajos de campo y de mis compañeros políticos que levantaban datos. Publicamos esos dos libros y lo más importante fue que compañeros villeros utilizaron nuestros libros. Que realicen una crítica de uno de mis libros en una revista no tiene tanta importancia como eso. Esa fue una utilización. La divulgación es un elemento importante para armar algo que tenga utilidad práctica en política y en tratar de cambiar la sociedad.

 

*Fragmentos de la entrevista realizada en FM Radio Universidad 90.1 para el programa “Actualidad 90 Uno” en el marco de la charla “Trabajo de campo en el campo: experiencias de Antropología Rural en Olavarría” organizada por el Núcleo Regional de Estudios Socioculturales (NURES) y la Maestría en Antropología Social de la FACSO. Para escuchar la entrevista completa hace click aquí.